Gogol Bordello
El Lower East Side es todavía una mezcla de razas y credos que desprende a diario su original energía caótica y magnética, propia de su historia de remiendos. Bajo las azoteas de esos antiguos edificios de ladrillo que nunca terminan de venirse abajo, aún duermen los mismos inquilinos de alas de barro. Aquellos refugiados judíos que eran mayoría y los numerosos polacos, rusos y alemanes que les rondaban han ido a menos por el impulso acelerado del acento latino. Con lo que queda de unos y lo que traen los otros, el Lower East Side todavía evoca algo especial, manteniéndose casi incorruptible con su sonido gitano.
La quintaesencia musical del Lower East Side sólo tiene un nombre: Gogol Bordello. Esta banda, a medio camino entre el cabaret y el rock, está formada por dos rusos, uno tocando el acordeón y otro el violín; un israelí, al bajo; un estadounidense a la batería; dos tailandesas que ponen el baile y un ucraniano que dirige el cotarro a la vez que canta. Este último se llama Eugene Hutz y destaca por ser el frontman del grupo, además de por su vigoroso bigote. Su cara puede ser familiar por la película "Todo está iluminado", de Liev Schreiber, donde Hutz hace el papel del chico que guía al protagonista, Elijah Wood.
Según el propio Hutz, la música de Gogol Bordello es gipsy punk. Un sonido que, por lo que dicen sus protagonistas, se acerca al músico inmigrante, al viajero con mezcla en sus venas. De algo de esto sabe el propio Hutz que pasó varios años viajando como refugiado ucraniano por Polonia, Hungría, Austria e Italia antes de asentarse en Nueva York a principios de los noventa. Por las calles del Lower East Side, Hutz paseaba hechizado por la música gitana, el folk europeo y el reggae, pero bajo el brazo podía llevar sin problemas los discos The Stooges, una de sus bandas de cabecera. Tras liar a un grupo de desamparados como él, nació Gogol Bordello.
La banda empezó tocando en celebraciones de bodas rusas, a medida que el conglomerado intentaba dar forma a su sonido bizarro con letras que se cantaban en cuatro idiomas (inglés, español, ucraniano e italiano). Sin embargo, su reputación ganó fuerza por Hurtz. Con su bigote a cuestas, el ucraniano pinchaba música todos los jueves en uno de los locales de moda del Downtown, donde se daba salida a estilos tan dispares como flamenco, dub, reggae o rai. De vez en cuando, sonaba algo de Gogol Bordello.
Ahora, la banda es un auténtico grupo de culto en Nueva York. Su legión de fieles seguidores no falla nunca. Habla de ellos una tarde de altos humos en Tompkins Square o en mitad del fuego nocturno de Bowery y a más de uno se le iluminará la cara. Sus lazos se extienden también por Europa. Si se compara con Manu Chao y su Radio Bemba Sound System, Gogol Bordello son el pecado original, aunque, todo sea dicho, versionan temas de Mano Negra. De sus abrasivos directos ya corre una leyenda, entre el surrealismo y el desmadre. En su sonido bastardo explosionan The Clash, The Stooges, Peter Tosh o el Tom Waits más pasado de rosca con el legado gitano y folklórico europeo. Esto puede comprobarse en su mejor trabajo hasta la fecha ‘Gipsy Punks: Underdog World strike'. No hace falta decir que son políticamente incorrectos. Y todo un circo.
White Rabbits lo forman seis tíos que parece que se llevan de maravilla y muestran el equilibrio perfecto para hacer que el conjunto funcione como la gran banda que aspiran ser. Y, personalmente, apuesto a que podrán alcanzar algunas de sus metas, a poco que sigan la misma línea que acaban de marcar y tengan un poco de suerte.
My Teenage Stride han florecido de la nostalgia popera de los ochenta. El frontman de la banda, Jed Smith, entiende el pop de aquella época más allá de una pose y ropas al vestir. Smith y el resto del grupo tienen una premisa: una buena canción es una buena canción sin necesidad de grandes acompañamientos. La expresión de sus temas, por tanto, destaca por su aparente sencillez y fragilidad.
Arranco con la idea de intentar desgranar, de vez en cuando y en la medida que sea posible, el actual Ipod neoyorkino. Tarea más que difícil en esta ciudad que rebosa de grupos y cantantes, y donde las modas son tan variadas y desaparecen de un día para otro. Lo hago con un grupo que reconozco que queda algo lejos de mis pasiones pero cuya música poco a poco va teniendo su hueco en el respetable neoyorkino. Entre ellos, nada más y nada menos que David Lynch.
Como a Alan Vega y Martin Rev, los teclados es lo que pone a este combo femenino. Los teclados dentro de una tejida atmósfera eléctrica y de sintetizadores. Así en su más reciente The Bird of Music a veces juegan a ser los Beach Boys de Pet Sounds y otras el David Bowie más minimalista. Es un ambiente fijado en el detalle. Au Revoir Simone se profesan, asimismo, fans de Bjork, Bee Gees y Belle and Sebastian.