22/06/2007

Bobby's Happy House

El viejo Bobby Robinson está más sordo que una tapia y se mueve lento como una tortuga vestida de amarillo, pero merece todos los respetos. Es más: merece que le incluyan en el salón de la fama del Soul, el Rock’n’Roll o lo que sea. Para decirlo sin tapujos: Bobby Robinson es una leyenda de antesala de la música negra.

Robinson nació en Carolina del Sur pero se mudó a Nueva York a mediados de los cuarenta para abrir su tienda de discos en el corazón de Harlem. Bobby’s Happy House, antes llamada Bobby’s Record Shop, se encuentra localizada en la calle 125, esquina con Frederick Douglass Boulevard. Una tienda que sirvió como refugio y lanzadera del soul neoyorkino y que ahora se erige diminuta y estrafalaria en un Harlem que cada año es un poco menos negro y pasto de especuladores, inversores y rentistas.

 

Bobby Robinson en su tienda

Desde la profunda alma negra del Harlem de los cincuenta, Robinson vendía discos de doo-wop y blues. Pero su labor más destacable siempre fue su apoyo incondicional a la difusión de la música soul, funk y el primer hip-hop en Nueva York, cuando pocos o ninguno daban un duro por muchos artistas que querían dar a conocer su obra.

Del tiempo que va de 1952 a 1962 y respaldado por su hermano, Robinson abrió cuatro sellos independientes para producir discos de cantantes y bandas negras. Al mando de Fire Records, contó en sus filas con Elmore James o Lightnin’ Hopkins. Otros nombres que pasaron por sus manos a la producción fueron The Shirelles, Lee Dorsey o Wilbert Harrison. Y en los setenta, su sello Fury Records lanzó a Grandmaster Flash, quintaesencia del hip hop neoyorkino.

Hoy, el viejo Bobby Robinson, con sus largas uñas como garras, parece una figura de cera en mitad de la ajetreada multitud neoyorkina. Y Bobby’s Happy House, que reabrió hace unos años después de ser cerrada por problemas legales, no puede competir con Virgin Records, Barnes & Noble o la venta online. Es como pedirle al abuelo que corra tanto como el nieto deportista.

No hay nada mejor que dejarse caer por ahí una mañana de domingo cuando el viejo Bobby está vestido de traje y corbata, como manda la tradición en Harlem. La casa feliz de Bobby apenas es más grande que una panadería. Al entrar, llama especialmente la atención la colección de fotografías que posee este anciano. En un tablón acristalado con colores de otra época, Robinson aparece retratado junto a figuras tales como Fats Domino, James Brown, Smokey Robinson o Solomon Burke. De aquellos maravillosos años, para coleccionistas, hay un disco dedicado al Mr. Robinson llamado 'El fuego y la furia'.

Las estanterías no sustentan más de 100 discos en total, que se muestran con las carátulas visibles, bien separados unos de otros. Para los buscadores de oro, esta tienda queda lejos de los catálogos que ofrecen las rutas de Greenwich Village y East Village, porque Bobby’s Happy House es como el bar de la esquina: ni tiene los mejores bocatas ni los más grandes, pero da gusto tomarse algo allí.

En este caso, da gusto comprar un disco, aunque es difícil, sino imposible, consultarle al viejo Bobby. Nunca oye, y sale por la tangente. Eso sí, sabe arrimarse a las jóvenes muchachas con las que posa encantando para fotografías. Su ayudante, un tío muy jovial, está disponible para todo. Hará lo imposible por venderte el disco que buscas, dentro del escaso catálogo de la tienda. Pero escaso no es sinonino de falto de calidad. A las grandes colecciones de las mejores voces y bandas de soul, se unen auténticas joyas. De las veces que he estado en la casa del viejo Bobby Robinson, me he ido con estupendas colecciones de Bobby Womack o Solomon Burke o descubierto el soul de tintes funky del grupo Lost Generation. Me gustaría saber que artista es, para este anciano de noventa años, el mejor de los que ha conocido, pero el problema es que no oye, o directamente se hace el sordo.

Posted by Fernando Navarro at 07:11:48 | Permanent Link | Comments (3) |

15/06/2007

White Rabbits

Acaban de sacar su primer álbum y crítica y público están con ellos. No puede ser de otra forma. White Rabbits apuntan alto. Esta banda, que llegó a Nueva York procedente de Columbia, Missouri, reúne suficientes cualidades como para hacer algo importante más allá de la inquieta escena neoyorkina.

White Rabbits lo forman seis tíos que parece que se llevan de maravilla y muestran el equilibrio perfecto para hacer que el conjunto funcione como la gran banda que aspiran ser. Y, personalmente, apuesto a que podrán alcanzar algunas de sus metas, a poco que sigan la misma línea que acaban de marcar y tengan un poco de suerte.

Lo primero que hicieron estos conejos blancos cuando llegaron a Nueva York fue alquilar un loft en Bushwick, un vecindario al este de Williamsburg, Brooklyn. El enorme piso sirve de centro de operaciones de la banda. El primer suelo está repleto de instrumentos, entre ellos un piano y dos baterías, y lo preside un cartel de Hank Williams, mientras en el segundo nivel se apiñan las camas de los seis conejos.

Las influencias de White Rabbits son tan variadas que es difícil concretar una por encima de las demás, aunque se les compara con los Walkman, a mí me suenan más a The Specials o The Style Council. Ellos mismos presumen de su gusto ecléctico, porque la idea de la banda es plasmar las diferentes pasiones de sus seis miembros. Testimonio de este abanico de sonidos es su largo Fort Nightly, que recorre el post-punk americano, el indie rock de los noventa, el ska, el calypso e incluso el Afro-beat. Todo bajo dos perfiles: el festivo y el épico. Pueden llegar a hacer del garito una danza de espectros. Como anécdota apuntar que en algunos temas suenan tres baterías simultáneamente.

Los White Rabbits ahora están presentando su nuevo disco por Reino Unido, después de una pequeña gira americana. Seguro que es el comienzo de algo importante, porque apostar por ellos es garantía de salir ganando.

alt : http://www.youtube.com/v/i419E8lPgKg
Posted by Fernando Navarro at 16:30:03 | Permanent Link | Comments (0) |

11/06/2007

Jukebox

Tengo un amigo que tiene uno en su piso de Madrid, en pleno barrio de Embajadores. Me muero de la envidia. Cuando estoy en su casa, me quedo pasmado como un bobo. No puedo remediarlo.

En Nueva York es una maravilla porque casi todos los bares tienen uno. Por un dólar, cuatro canciones. Bien es cierto que cada vez triunfan más los digitales. Yo me quedo con los de la generación anterior. De cualquier manera, la variedad musical que se esconde en cada aparato de estos es siempre esplendorosa. Puedes pasarte horas buscando discos, seleccionando canciones.

El otro día en el East Village vi como una chica, después de besar a su novio, le dijo que se iba al baño y se fue en realidad a pinchar la canción que más le gustaba a su pareja. El tío brincó de un salto. Los dos iban bastante borrachos, pero hicieron del tema de los Mooney Suzuki su particular redención. Bailaron hasta quemar las suelas de las All-Star.

El jukebox merece una oda. Sin este aparato, el rock´n´roll no sería lo mismo. No sería ni tan divertido ni tan variado.

Jukebox de un bar de Brooklyn cuyo nombre no puedo acordarme
Posted by Fernando Navarro at 05:44:35 | Permanent Link | Comments (2) |

02/06/2007

My Teenage Stride

Apunten bien este nombre los aficionados al pop en sus cuadernos supersónicos: My Teenage Stride. Esta banda neoyorkina, gestada en Massachusetts, es una de las sensaciones del momento. Están empezando y la verdad que no tienen casi nada de tirón, pero ya están haciéndose un pequeño hueco en la escena de la costa Este y en los locales alternativos de la Gran Manzana. El disco ‘Ears like golden bats', que acaba de ser editado, supone uno de los más bellos debuts neoyorkinos del año.

My Teenage Stride han florecido de la nostalgia popera de los ochenta. El frontman de la banda, Jed Smith, entiende el pop de aquella época más allá de una pose y ropas al vestir. Smith y el resto del grupo tienen una premisa: una buena canción es una buena canción sin necesidad de grandes acompañamientos. La expresión de sus temas, por tanto, destaca por su aparente sencillez y fragilidad.

Escuchando algunas pistas de ‘Ears like golden bats', la primera comparación que viene a la cabeza es la de Go-Betweens. No podía ser de otra forma si My Teenage Stride saborean cada pequeño haz de sonido que dejó una de las bandas de culto de los ochenta. Pero en sus composiciones también se reconocen algunos toques de la ironía dylaniana o a la Velvet Underground más melosa.

Un grupo a tener en cuenta, que reivindica el material de los ochenta que a veces más se olvida: las canciones, envueltas en suaves sonidos, para ser degustadas como caramelos.

Posted by Fernando Navarro at 03:19:09 | Permanent Link | Comments (5) |