28/05/2007

El increíble irlandés

Hubo un tiempo que Nueva York tuvo más irlandeses que la propia Dublín. Todavía hoy, los irlandeses son parte importante de esta ciudad. Sin ir más lejos, uno de los tres restaurantes que se disputan el trono por ser el más antiguo de Nueva York es de origen irlandés. Con su madera pulida y sus viejos taburetes, Pete's Tavern descansa desde 1864 en el distrito de Gramercy. Aún más, por las calles de esta ciudad todavía suena con verdadero orgullo "Fairytale of New York", esa extraña serenata navideña que The Pogues regalaron impregnada de toda su mística. Pero el irlandés de moda en Nueva York, y posiblemente en el mundo entero, se llama Damien Rice, y tocó esta semana en el Radio City Music Hall, ante una audiencia que salió convencida de que este chico vale su peso en oro.

Realmente, poco importa lo que pese Damien Rice mientras mantenga intacta la capacidad de emocionar. En un primer momento pensé que este irlandés era más un producto que un artista, dentro de este negocio de compra-venta donde se necesita sacar nuevas tendencias y nuevas caras. Pero por suerte la realidad me ha demostrado lo contrario. Los dos discos de Rice son muy buenos, pero su directo es espectacular.

Alternándose al piano, a la guitarra acústica y al órgano, Rice es de ese tipo de artistas que posee el talento suficiente para darse a cualquier formato. Es un poco como el increíble Hulk. Sobre un escenario oscuro, sentado al piano o con la guitarra bajo un solitario foco de luz, presenta una extraordinaria delicadeza, un lado tierno de cantautor naïf que recuerda tanto al primer Dylan o como a Cat Stevens. Una muestra sea "Cannonball", que tocó a capela, o precisamente su tema "Delicate", que el irlandés, con su gran tacto al piano, interpretó con un elevado sentido de la balada. En cambio, sobre un escenario iluminado, acompañado por una banda donde hay guitarra, batería, violoncelo y tambores, Rice se transforma, cantando con urgencia, distorsionando el sonido hacia un camino de experimentación de ritmos pesados, cercano al rock duro, pero de una ejecución tremenda. "Rootless Tree", "Me, My Joke, and I", "Coconut Skins" se tocaron por este sendero de alto voltaje. Esta metamorfosis fascinante no sólo se da entre canciones, sino que puede producirse a velocidad de vértigo cuando el cantante empieza el tema al órgano para a los pocos minutos agarrar repentinamente la guitarra y poner al pabellón patas arriba.

El público adora a Damien Rice. Decía Janis Joplin que cada vez que se subía a un escenario hacía el amor con miles de personas a la vez. Rice, al menos, parece que se tira a alguna fan del sector femenino. Son las que confunden el placer con los gritos, dejándose la voz en el concierto, mostrando que son multiorgásmicas, cuando el resto preferiríamos que fueran en más de una ocasión sencillamente impotentes.

Aún con esa parte escandalosa de público, escuchar a Damien Rice en directo es una de las mejores propuestas del panorama musical actual. Una garantía este increíble irlandés.

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21/05/2007

Au Revoir Simone

Arranco con la idea de intentar desgranar, de vez en cuando y en la medida que sea posible, el actual Ipod neoyorkino. Tarea más que difícil en esta ciudad que rebosa de grupos y cantantes, y donde las modas son tan variadas y desaparecen de un día para otro. Lo hago con un grupo que reconozco que queda algo lejos de mis pasiones pero cuya música poco a poco va teniendo su hueco en el respetable neoyorkino. Entre ellos, nada más y nada menos que David Lynch.

El director de ‘El hombre elefante', ‘Terciopelo azul' o ‘Carretera perdida' asegura categóricamente que es el mayor fan de Au Revoir Simone, un trío de féminas de Brooklyn que acaban de publicar su segundo álbum, The Bird of Music.

Salidas de la incombustible escena de Williamsburg, Au Revoir Simone está formado por Erika Forster, Heather D'Angelo y Annie Hart, tres mujeres que coinciden en su gusto por los sonidos del electro punk. Au Revoir Simone siguen la senda que en Nueva York abrió Suicide, una de esas bandas que se escriben con letra pequeña pero cuya aportación bien es conocida por los círculos de músicos más veteranos. Suicide fueron la disonancia de la explosión neoyorkina de finales de los setenta que surgió en el CBGB.

Como a Alan Vega y Martin Rev, los teclados es lo que pone a este combo femenino. Los teclados dentro de una tejida atmósfera eléctrica y de sintetizadores. Así en su más reciente The Bird of Music a veces juegan a ser los Beach Boys de Pet Sounds y otras el David Bowie más minimalista. Es un ambiente fijado en el detalle. Au Revoir Simone se profesan, asimismo, fans de Bjork, Bee Gees y Belle and Sebastian.

Acaban de girar por Estados Unidos con Peter, Bjorn and John y por Europa lo harán en junio con Voxtrot. Todavía están dándose a conocer. El primer álbum publicado en el 2005 fue sólo un mini disco. Aún así, en Japón ha levantando una especie de fiebre y ya se habla del fenómeno Au Revoir Simone. Siempre después de David Lynch, que según contó a la revista MOJO, se encontraba en el Barnes & Noble de la calle 23 cuando se encontró con estas chicas y juntos se fueron a pasar una tarde a Union Square. Allí, al contrario de lo que pueda parecer en un principio, el que hacía las preguntas era David Lynch, pues para algo es el fan número uno de Au Revoir Simone.

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15/05/2007

Desmontando al clarinete

"Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por mí mismo" Woody Allen dixit.

Ya se sabe, el mismo hombre que considera el cerebro como su segundo órgano favorito y que fue declarado por el ejército inutilísimo, tanto que si hubiera una guerra sólo serviría de rehén, es el clarinete de una banda de jazz, que cada semana toca en Nueva York, agotando las entradas con meses de antelación.

Enclavado en una de las zonas más prestigiosas del Upper East Side, el lujoso Café Carlyle se ha convertido en el nuevo refugio neoyorkino de Woody Allen y sus chicos de la New Orleáns Jazz Band, un grupo formado en su mayoría por joviales ancianos que le dan a la trompeta, el contrabajo, el piano, la tuba y el banjo. En cada actuación, unos y otros exponen su repertorio de jazz clásico con algún tinte folk para una reducida audiencia que no supera las 150 personas, sentadas a mesa y mantel en un precioso salón, donde los camareros tratan al personal como si fueran ministros.

Impulsado por la adoración al hombrecillo de las gafas de pasta y dispuesto a dejarse los cuartos, siempre hay alguno, como este escribiente, que se cuela, como la semana pasada, con su cara sonriente y su paso ligero en mitad de este público propio de un guión del mismo Woody Allen. Entre pajaritas y corbatas, muchos de los comensales, con una media de edad que no baja de los sesenta años, van acompañados de bellas mujeres, que no suben de los treinta y cinco. Alguna mesa huele a chamusquina y en todas, sin duda, lo que parece que no falta es el dinero.

Pero aún con ese ambiente de relumbrón, Woody Allen es cualquier cosa menos una rock star. Es rigurosamente sencillo. Tal vez, por eso, me impactó más cuando de repente pasó desapercibido y se sentó en la mesa que estaba a mi lado. Parecía como si hubiese saltado de la pantalla. Con su jersey amarillo mostaza y sus pantalones de pana marrones, el cineasta metido a músico habla moviendo las manos e inspira una rara familiaridad. Como diría él mismo, más que una estrella lo que parece es un agujero negro.

Sobre el escenario, la banda se pone a tocar mientras Woody Allen empieza a quitarse el jersey. Sigue un método; primero un brazo, luego el otro, finalmente la prenda sale por la cabeza. A un tío abuelo que tuve le llevaba sus cuarenta segundos el deshacerse del jersey de esta forma, a Woody Allen le lleva algo más de un minuto. Ante la mirada expectante del respetable, saca unos clinex y, antes de coger el clarinete, se suena la nariz. Una acción que repetirá varias veces a lo largo del concierto.

Desde el principio, hay algo que queda claro: todo el mundo parece formar parte de la fiesta menos Woody Allen. Se muestra tremendamente tímido, sin casi mirar al público que tiene a dos palmos. Después de tocar, agacha la cabeza, que sigue el ritmo de la banda. Incluso cuando interpreta un solo y la audiencia rompe a aplaudir, su gesto es torcido con una mirada ensimismada en las partituras y desprendiendo la sensación de que algo ha salido mal. Y alguna vez, todo sea dicho, sale mal, porque el diminuto Allen está falto de pulmones aunque radia una extraña sutileza al tocar el clarinete. Si la música es el espejo del alma, Allen parece que va a romperse. El resto de la banda se lo pasa en grande, aplaudiéndose entre ellos y lanzándose risas, mientras el protagonista apenas sonríe, cabizbajo y rodeado a saber por qué pensamientos.

New Orleáns Jazz Band podrían pasar por ese grupo de amigos de avanzada edad que se reúnen a diario en una cafetería neoyorkina para charlar y meterse los unos con los otros. Igual intentan descifrar el alma humana como se cuentan sus batallitas sexuales. Con las piernas siempre cruzadas, Allen, a veces, habla al oído con alguno de sus compañeros mientras los demás siguen tocando. Cuando no da la sensación de estar confesándose a los viejos zorros, el pequeño hombre mueve la cabeza repetidamente, ajeno al jolgorio de los otros, sujetando el clarinete sobre las piernas como si fuera una cruz en procesión.

Cuando la banda abandona el escenario entre aplausos, Woody Allen se queda acompañado del banjo con el que se anima incluso a cantar débilmente. Todo llega a su fin con Allen desmontando su clarinete. El público está entregado. Vuelve a consumir al menos otro minuto en ponerse el jersey. Abandona la sala con la cabeza gacha, alisándose el poco pelo con un tímido ‘thank you'.

Sinceramente, un genio de los de toda la vida, o el típico hombre que no teme a la muerte, con la salvedad de que no le gustaría estar allí cuando suceda.

Posted by Fernando Navarro at 05:05:16 | Permanent Link | Comments (6) |

09/05/2007

Jersey boys

Jersey Boys es uno de los musicales que más éxito está teniendo en Broadway desde hace un par de años. Sin ir más lejos, los premios Tony, conocidos como los ‘Oscar de Broadway', otorgaron el año pasado a Jersey Boys el premio de mejor musical de la temporada.

Jersey Boys cuenta la biografía de Frank Valli y su grupo los Four Seasons, que durante los años sesenta y setenta colocaron varios éxitos en los más altos puestos de la listas de ventas con su característico sonido doo-wop. Después de fallidos intentos, el cuarteto metió la cabeza a lo grande a principios de los sesenta con el single "Sherry", que llegó a número uno nacional. Frank Valli fue el alma mater de este cuarteto. Cuando el grupo se disolvió, Valli mantuvo una carrera en solitario irregular. En su currículo destaca, entre otras cosas, la aportación que hizo a la película "Grease" con el tema principal de título homónimo. Este acercamiento a la pantalla ha terminado por culminarse en los últimos años cuando ha aparecido en varias ocasiones en la serie de Los Soprano como uno de los capitanes de la mafia de Nueva York.

Pero quería llamar la atención en otro término. Como el propio título anuncia, la biografía musical de estos chicos se cultivó al otro lado del río Hudson, en el desconocido estado verde que se estira a la sombra neoyorkina; Nueva Jersey.

Está bien que sea Broadway el que haga un poco de justicia con New Jersey. Porque, veamos, Frank Sinatra, la voz, era de Hoboken, en mitad del mapa de Nueva Jersey y una ciudad en auge a la que ahora se mudan muchos neoyorkinos por la tranquilidad que se respira en sus calles. Y hoy nadie llena el Madison Square Garden durante más noches seguidas que Bruce Springsteen, natural de un pueblecito de Nueva Jersey y que, como él mismo dice en sus conciertos en el Madison, el señor Springsteen y el New York Times, sepan todos, viven al otro lado de la orilla. Sí, el Times se cocina cada día en Nueva Jersey.

Así que en este caso la justicia llega de la mano de los Four Seasons, un grupo del pop americano que durante mucho tiempo se debió a lo que algunos llamaron el sonido italomericano. Sonará a película de la mafia, pero la columna vertebral de los Four Seasons no sólo viene de inmigrantes italianos sino que además muchas de sus canciones fueron algunas de las primeras del rock en retratar con romanticismo la vida urbana blanca formada, especialmente, por las esperanzas y los fracasos de los jóvenes, entre ellos una mayoría italoamericana que dormía en Nueva Jersey. Esta lírica de tono épico más tarde sería utilizada por toda una escuela encabezada por el propio Springsteen.

Sin padre ni madre, este sonido, que también tiene el nombre de Jersey Shore, bebió del R&B blanco caracterizado por el tremendo uso de los teclados y una cuidada instrumentación. Los Four Seasons se mueven en un compás que gira en torno a un joven Van Morrison y las primeras grabaciones de los Beatles y la Motown. De ahí, que los primeros temas de los Four Seasons pidieran algún tipo de baile hasta que en los setenta se guiaron directos al ambiente disco.

Pero los Four Seasons destacan por su aportación a ese doo-wop blanco, cargado de romanticismo, sin ser muy descarado con el baile y sí con el aprecio a los instrumentos. Una particular ritmo que cautivó al mismo Lou Reed, poco antes de ponerse manos a la obra con la Velvet Underground. Según cuenta en un ensayo que escribió de música titulado "Desde el proscenio", él y Andy Warhol estaban fascinados con la repetición que se reconocía en las canciones de los Four Seasons como un concepto clave. Reed escribía: "Toda mente norteamericana debería conocer los tres últimos coros de batería de ‘Dawn', de los Four Seasons. Redobles a dos manos. Repetición. La repetición es tan fantástica... Reduciendo las cosas al chiste final. Lo cual es bonito."

Ese chiste final del que hicieron uso Four Seasons y que se deja oír en otra escala en los discos de la Velvet, repitiendo un camino que nunca ha dejado de ser transitado: la conexión entre Nueva York y Nueva Jersey.

Posted by Fernando Navarro at 23:54:27 | Permanent Link | Comments (2) |

01/05/2007

Temperatura alta

Hubiese dicho hace una semana que Fountains of Wayne estaban algo perdidos tras la publicación de su último disco ‘Traffic and Weather' (el tráfico y el tiempo es lo que más preocupa a los neoyorkinos y lo que más se oye en la radio), pero hace una semana no los había visto en directo.

Empecemos por el principio. El problema no es ‘Traffic and Weather' sino ‘Welcome Interstate Maganers', el anterior álbum de estos neoyorkinos que todavía hoy sigue pinchándose en las emisoras norteamericanas a pesar de ser publicado en el 2003. Mexican Wine, Stacy's Mom, Hackensack o Hey Julie son algunas de las perlas con las que Fountains of Wayne dieron forma a ‘Welcome Interstate Maganers' y, claro, dejaron el pabellón casi por las nubes, en ese rara avis que se niega a envejecer de power pop y country. Puede que por eso los chicos de Fountains of Wayne se tomasen cuatro años para sacar ‘Traffic and Weather'. Tal y como habían avisado, hiciesen lo que hiciesen la gente seguiría pidiéndoles Stacy's Mom como si no existiese otra cosa en la vida.

Con éstas, decidieron intentar dar algún paso diferente en ‘Traffic and Weather'. Todo el mundo esperaba el nuevo álbum. Y a servidor, sinceramente, le ha dejado frío, aunque diversas publicaciones lo han acogido calurosamente. Los neoyorkinos han coqueteado con la electrónica sin mucho atino medio difuminándose a no se sabe dónde, mientras la estela que dejaban sus guitarras aparece a cuentagotas y los tiempos lentos pierden profundidad. Hay tímidos momentos en los que siguen sonando por alguna de sus pistas ecos de los Beatles o los Beach Boys, pero es un disco al que le falta la clave que tiene ‘Welcome Interstate Maganers'.

Sin embargo, en directo la clave reluce intacta. Después de lo visto la pasada semana, Fountains of Wayne están muy lejos de perder el norte. Al revés. Lo que no se encuentra en su último disco brilla con luz propia sobre el escenario. Había visto a Fountains of Wayne en el 2004 en dos ocasiones y ya dieron muestras de un directo buenísimo. Pero lo del otro día, en la presentación de ‘Traffic and Weather' en el Webster Hall de Greenwich Village, fue superior.

Con retransmisión en directo de una emisora de radio, los Fountains of Wayne aumentaron aún más su crédito. Parece que estos chicos se han dedicado en este tiempo a pulir su presentación en vivo. Sobre el escenario, su pop es redondo. Cuando se arrancan en tropel pueden subir la adrenalina de un muerto. Los temas de ‘Traffic and Weather' sonaron más vivos que en estudio, gracias en parte a la sección de viento sacada de la escuela de música de Nueva York, que acompañó a la banda sobre el escenario. El single Someone to love es un buen ejemplo de esto, cuando en su versión en directo es un trallazo.  

El secreto que lleva a los Fountains of Wayne a ser una de las mejores formaciones de pop de la actualidad reside en la pareja formada por Adam Schlesinger y Chris Collingwood. Ambos no sólo se compenetran a la perfección sino que además comparten el mismo sentido por la búsqueda de la melodía perfecta. Pero gran parte de la culpa la tiene también Jody Porter, guitarrista que antes estuvo en el grupo londinense The Belltower y que imprime un sello incuestionable. Porter, que parece el Keith Richards de la banda neoyorkina, es un amante del rock-pop británico de finales de los sesenta y, emulando a Pete Townshend, acabó en los bises destrozando una guitarra contra el suelo. No estaba en el guión, como se comprobó ante el estupefacto silencio del público y la cara impagable de Collingwood, que terminó pidiendo a la gente que se animase a comprar sus discos para pagar una guitarra nueva.

Pero, con una guitarra menos y un disco que parece más flojo que los anteriores, Fountains of Wayne siguen siendo una de las grandes referencias del pop de ahora.  

Posted by Fernando Navarro at 05:05:13 | Permanent Link | Comments (7) |