23/04/2007

El icono del East Village

Cuando el último disco de Jesse Malin salió publicado el pasado mes de marzo, el Village Voice aseguró que Malin es el icono del East Village. Village Voice es uno de los grandes periódicos neoyorkinos por excelencia, siempre atento a lo que se cuece en la calle, con más de cincuenta años de vida. Que la publicación que ha sido testigo directo y ha dado a conocer las escenas musicales de la ciudad como el folk de los primeros sesenta, el rock de años después o el punk de los setenta, se anime a calificar a Malin como icono del East Village es a tener en cuenta. Más aún cuando la chapa antes la llevaron nombres como Bob Dylan, Lou Reed y su Velvet Underground o los Ramones, todos ellos creadores de la parte este del Village.

Jesse Malin nunca llegará a alcanzar tan altas cotas como los anteriores, por mucho que se tenga aprendido el abecedario del rock, pero no por ello merece pasar desapercibido. Para empezar, dos cosas deberían saberse de Malin: proviene de D Generation, un grupo de toques punk rock que en los noventa agitó las calles neoyorkinas con mejores atributos que los archiconocidos Strokes, y está apadrinado por Ryan Adams, otro que ha cargado con la etiqueta neoyorkina del East Village y al que Malin le debe parte de su actual sonido.

Pero lo cierto es que Malin ya no es un cantante en solitario recién salido del huevo. De hecho, a la espera de que Ryan Adams salga de la deriva en la que anda metido, el alumno ha superado al maestro o, mejor dicho, el amigo Malin es capaz de ofrecer en estos momentos un material más jugoso que el amigo Adams. Así, el disco, "Glitter in the gutter", representa la madurez de Jesse Malin.

El pasado sábado, dentro de un festival por el Día de la Tierra que tomó varios puntos de Manhattan, Jesse Malin ofreció un espléndido concierto acompañado de su banda en el Mercury Lounge. Las entradas se habían agotado casi el mismo día de salir a la venta unas semanas atrás. Con la presentación del disco en el Bowery Ballroom las entradas también volaron y se antoja que pasará lo mismo el mes que viene cuando Malin vuelva a tocar en Manhattan.

En directo, Malin ofrece una poderosa energía, que ya cultivó en D Generation, con un abanico de sonidos registrados anteriormente por Ryan Adams. En una entrevista, Malin aseguró que no hace mucho tiempo le dijeron por la calle que sonaba a una extraña mezcla de Bruce Springsteen, Bob Seger, Bon Jovi y The Cruisers. Sin duda, su rock se mueve entre patrones clásicos con un contagioso y trepidante pop. El propio Malin se ve como un cantante que ya no tiene la agresividad de sus primeros años punk pero con la necesidad imperiosa aún de levantar de la silla al oyente. Tal vez, sus discos suenan un poco descafeinados en más de una ocasión, incluso en "Glitter in the gutter", pero sobre un escenario no defrauda. El neoyorkino, que pasó varios años en Los Angeles para regresar a la Gran Manzana como un hijo pródigo, puede parecer un tipo que anda demasiado preocupado en su perfecta imagen rockera, como pensada para un videoclip de la MTV, pero a la hora de enchufarse la guitarra y agarrarse a un micrófono enseña todas las cartas, más allá de esa chupa de cuero que intenta pasar por vieja cuando está comprada en una tienda retro del SoHo.

Malin dio más de dos horas de concierto hasta la madrugada. Con la banda se subió a la cresta del rock más directo y vitamínico, mientras que en solitario alcanzó a parecer aún mejor que acompañado. No debería dejarse escapar a un artista que su último disco es un muestrario del Nueva York de ahora, entre lo auténtico y lo creado, entre lo que vive cada día y a lo que juega a ser en la imaginación que llena su nombre. El mismo "Glitter in the gutter" es un buen ejemplo de esto cuando cuenta con las colaboraciones de Jacob Dylan, Ryan Adams y Bruce Springsteen. Si este último se ha dejado caer con Malin será por algo, y si encima Malin le canta con sincera pasión a Lucinda Williams en el tema "Lucinda" para qué queremos más. Malin se lo está ganando.

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16/04/2007

Felicidad pop

Leí una entrevista a Woody Allen en la que el excéntrico hombrecillo de las gafas de pasta decía que para él la felicidad se resumiría, a fin de cuentas, en la posibilidad de disfrutar de un café recién hecho una buena mañana de diario. Aseguraba esto uno de los iconos neoyorkinos por excelencia, famoso por sus dudas existenciales, pero también por poseer la fórmula de sacar arte de lo meramente cotidiano. Partiendo de la afirmación del señor Allen, me permitiré el lujo de decir que Richard X Heyman es una excusa para ser felices, musicalmente hablando.

Puede que sean menos los que conozcan a este neoyorkino, amante del pop sesentero, que los que se sepan de carrerilla la lista de los reyes visigodos que habitaron la Península Ibérica. Richard X Heyman reúne todo para ser considerado artista de culto, en tanto que a cualquiera de sus actuaciones puede ir menos gente que a la de un músico primerizo y que sus discos apenas se venden a pesar de ser pequeñas joyas que alumbran la colección más pintada. La última de estas gemas lleva por nombre ‘Actual Sighs' y acaba de ser publicada por el sello Turn-Up Records.

El pasado sábado Richard X Heyman presentó su nuevo álbum en el Mazer Theather, perdido en las profundidades del Lower East Village. Y, como no podía ser de otra forma en este negocio musical que se alimenta de campañas, la presentación del disco de Heyman se puede decir que fue en audiencia privada, a tenor de las no más de 60 personas que nos reunimos allí. Ciertamente, Richard X Heyman nunca ha estado en la cresta de la ola informativa.

Heyman ofreció dos horas de concierto acompañado de su banda, donde destaca la presencia como segunda voz de su mujer Nancy, y el grupo de violines que sirvió para enriquecer los detalles de sus canciones. Repasó todos sus discos y dio buena cuenta de algunos de los mejores temas que forman ‘Actual Sighs', como A Fine Line, Stockpile, Special Love o Kenyon Walls, delicias de power-pop a la altura de la mejor tradición neoyorkina. Pero el alma de Heyman está empapada de las radiantes armonías de folk y pop de los Byrds o Big Star mientras su corazón palpita en la gloriosa invasión británica, que más allá de los Beatles estuvo protagonizada por los Kinks, Who o Zombies. La mezcla es explosiva cuando su ritmo cardíaco se entrega a guitarras limpias, contundentes golpes de batería, inteligentes juegos de voces con violines y órganos dándose la mano.

Heyman es un multiinstrumentista que igual toca la guitarra, el órgano o la batería, aunque responde a su función de guitarrista y vocalista. Con todo, hablamos de un tipo corriente, un oficinista que nunca ha vivido de la música. ‘Actual Sighs' se gestó en su mayoría en los ochenta, pero hasta ahora no ha podido ser publicado. Su primer álbum, ‘Living room' (1988), como él mismo contó, tiene ese nombre porque fue grabado en el salón de su casa del Upper Side de Manhattan. Pero también hablamos de un amante de Nueva York, que en muchas de sus canciones esconde homenajes a corazón abierto a cosas tan sencillas como determinadas calles, librerías, periódicos, cafeterías o películas que pueblan su ciudad. Mucho de esto nos resume la felicidad al estilo Woody Allen: disfrutar de una buena canción un buen día de diario. Richard X Heyman lo ofrece.

alt : http://www.youtube.com/v/C7jOvt24UH0
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09/04/2007

Be My Baby

Un joven Martin Scorsese sabía muy bien lo que se hacía cuando para su afilada película ‘Malas calles' (Mean Streets) utilizó el tema de las Ronettes, Be My Baby, como cierre final de su paseo nocturno por las calles de Nueva York. Phil Spector había producido esa grabación apabullante que en los créditos finales de ‘Malas calles' sacudía aún más el alma y encogía el cuerpo.

Eran principios de los años 70 y Scorsese ya mostraba dotes de ser un cineasta arrebatador y carnal, pero también un hombre poseedor de un definido y glorioso sentido musical. La banda sonora de ‘Malas calles' estaba formada por los Miracles, los Marvelettes, Guiusseppe Di Stefano, Renato Carasone o los primeros Rolling Stones del periodo ABKCO Records. Los dos regateadores de poca monta, protagonizados por los poco conocidos Robert De Niro y Harvey Keitel, intentaban sobrevivir por Little Italy con sus trapicheos mientras una banda sonora de impacto sonaba en cada secuencia. Pero lo cierto es que Scorsese se reservó Be My Baby para la parte final y desenfundó el cargador por última vez en la cinta con un tema que parte el corazón.

Las Ronettes le deben la vida a Phil Spector, ese loco y extravagante productor que hoy es noticia por sentarse en el banquillo acusado de matar de un disparo a la actriz de serie B Lana Clarkson. El grupo liderado por Verónica, aka Ronnie, nació de las entrañas del Harlem español. Inspiradas en la tradición doo wop del área negra neoyorkina, Spector supo sacar de ellas lo mejor y dar rienda suelta a sus voces en ese muro de sonido que registró como uno de los grandes descubrimientos de la música popular. Es curioso porque Spector había nacido en pleno barrio del Bronx donde Scorsese decidió rodar buena parte de ‘Malas calles'. Los ítaloamericanos hace mucho tiempo que se mudaron al Bronx y hoy en día la Pequeña Italia sólo es un par de calles con restaurantes y puestos de postales de películas de mafiosos.

Be My Baby sirvió para colocar a Las Ronettes en lo más alto de las listas y situar a Phil Spector a la altura de los más grandes cuidadores del sonido. El propio Brian Wilson, que con los Beach Boys forjaría espléndidos momentos de producción, quedó prendado del tema. La canción tiene el encanto perfecto, desde el principio se mete de lleno y es una explosión de arreglos que se revuelven por dentro de uno. Es, sencillamente, marca de la casa Spector. Bruce Springsteen no paró hasta que sus epopeyas de rock´n´roll dieron a parar con la E Street Band a ese muro de sonido en ‘Born to Run'

Dedicarle un mensaje a Phil Spector no es suficiente, habría que dedicarle una calle y un libro. Supongo que ambas cosas ya están. Pero para dar a las cosas su importancia, la labor de Spector con el sonido, como me dijo hace ya años un buen amigo, debe ser estudiada en las universidades. Al menos, lo más completo hasta entonces sea la caja de cuatro discos Back to Mono (1958-1969), donde se repasa la trayectoria de este hombre al control del sonido de Crystals, Treasures, Darlene Love, Ike & Tine Turner o los Righteous Brothers. Sin contar que Los Beatles, Leonard Cohen o Los Ramones pasaron también por sus manos.

Las Ronettes nunca fueron tan famosas y perfectas como las Supremes, pero es que Phil Spector reservó todo su genio a darlas otro tipo de alas, aquellas que más suenan cuanto más extraño y real es el vuelo.

Posted by Fernando Navarro at 07:15:04 | Permanent Link | Comments (4) |

01/04/2007

Blank Generation

Fue el pasado mes de octubre cuando el legendario CBGB cerró sus puertas para siempre en la ciudad de Nueva York, tras 33 años localizado en el 315 de Bowery, en pleno corazón del East Village. Ahora, se lo han llevado a Las Vegas y lo único que queda del local en Manhattan es una tienda de venta de souvenir en Astor Place.

La primera vez que tuve la oportunidad de entrar al CBGB fue un día de diario a la hora de comer. Un hombre descargaba de un coche cajas de bebidas para ponerlas en la barra de dentro. Le pregunté si podía pasar y, como si fuera un amigo de toda la vida, me dijo: "Estás en tu casa" Pasear solo y en silencio por el CBGB era algo así como ver a Los Ramones vestidos de domingo. De extraño era incluso más fascinante.

Con apenas capacidad para 300 personas, ese local era estrecho como pocos con una larga barra a la derecha y un apretujado escenario al fondo. El CBGB guardaba un irrepetible muestrario de graffitis y pegatinas que cubría todo el garito de arriba a abajo. Tan famoso como su nombre eran sus baños, graffiteados a conciencia sin dejar un hueco a salvo. Esos retretes, rodeados de ese desorden colorido e ilustrativo, llegaron a convertirse en símbolo de la anarquía que reinó durante los años más locos del local. Cada grupo o cantante que pasaba por allí dejaba siempre su firma en la pared. No había impedimentos.

Por la noche, la sala siempre prendía fuego con dos o tres bandas programadas cada día. Algunas de ellas, todo sea dicho, dejaban mucho que desear. Pero al CBGB nadie le quitaba que fue cuna de la disidencia y la creatividad del punk primigenio nacido del espíritu neoyorkino de los setenta. Por su pequeño escenario pasaron Los Ramones, Patti Smith, Television, Blondie, Talking Heads o Dictators, entre otros. Todos se dieron a conocer de la mano de Hilly Kristal, dueño del CBGB y que programó conciertos que nada tenían que ver con sus gustos musicales orientados al country y bluegrass. Gracias a su permisividad, el rock volvió a insuflarse de vida. La escena neoyorkina estaba situada en mitad del mapa del nuevo rock y Malcolm McLaren, que gastó varias noches dentro del CBGB antes de viajar a Inglaterra, tomó buena nota para poner en marcha su proyecto más famoso: los Sex Pistols.

Dentro de ese impresionante y variopinto catálogo musical que produjo el CBGB, creo que es justo quedarse con un álbum no tan conocido como otros pero que dio nombre a aquel movimiento neoyorkino, Blank Generation (1977), de Richard Hell, ahora dado a periodista y novelista y que escribió en el New York Times que el cierre del CBGB era como haber perdido su "osito de peluche" En su disco, Hell, tras abandonar Television y los Heartbreakers y seguir en solitario con los Voidoids, hablaba de la generación vacía para referirse a ese caldo underground. Como sus compañeros de escenario, Hell resumía musicalmente influencias del garage de los sesenta, los primeros Stones y los Stooges, mientras descargaba con estribillos pegadizos y piezas urgentes reflexiones desarraigadas de esos años por las calles de la Gran Manzana. Era el sello que resumía un espíritu que ya con sus cosas buenas y malas era desenfadado en lo artístico y nihilista en lo social, y que terminaría por cobrar forma y conocerse como punk.

Posted by Fernando Navarro at 16:03:48 | Permanent Link | Comments (2) |