White Rabbits
Acaban de sacar su primer álbum y crítica y público están con ellos. No puede ser de otra forma. White Rabbits apuntan alto. Esta banda, que llegó a Nueva York procedente de Columbia, Missouri, reúne suficientes cualidades como para hacer algo importante más allá de la inquieta escena neoyorkina.
White Rabbits lo forman seis tíos que parece que se llevan de maravilla y muestran el equilibrio perfecto para hacer que el conjunto funcione como la gran banda que aspiran ser. Y, personalmente, apuesto a que podrán alcanzar algunas de sus metas, a poco que sigan la misma línea que acaban de marcar y tengan un poco de suerte.
Lo primero que hicieron estos conejos blancos cuando llegaron a Nueva York fue alquilar un loft en Bushwick, un vecindario al este de Williamsburg, Brooklyn. El enorme piso sirve de centro de operaciones de la banda. El primer suelo está repleto de instrumentos, entre ellos un piano y dos baterías, y lo preside un cartel de Hank Williams, mientras en el segundo nivel se apiñan las camas de los seis conejos.
Las influencias de White Rabbits son tan variadas que es difícil concretar una por encima de las demás, aunque se les compara con los Walkman, a mí me suenan más a The Specials o The Style Council. Ellos mismos presumen de su gusto ecléctico, porque la idea de la banda es plasmar las diferentes pasiones de sus seis miembros. Testimonio de este abanico de sonidos es su largo Fort Nightly, que recorre el post-punk americano, el indie rock de los noventa, el ska, el calypso e incluso el Afro-beat. Todo bajo dos perfiles: el festivo y el épico. Pueden llegar a hacer del garito una danza de espectros. Como anécdota apuntar que en algunos temas suenan tres baterías simultáneamente.
Los White Rabbits ahora están presentando su nuevo disco por Reino Unido, después de una pequeña gira americana. Seguro que es el comienzo de algo importante, porque apostar por ellos es garantía de salir ganando.
