Desmontando al clarinete
Ya se sabe, el mismo hombre que considera el cerebro como su segundo órgano favorito y que fue declarado por el ejército inutilísimo, tanto que si hubiera una guerra sólo serviría de rehén, es el clarinete de una banda de jazz, que cada semana toca en Nueva York, agotando las entradas con meses de antelación.
Enclavado en una de las zonas más prestigiosas del Upper East Side, el lujoso Café Carlyle se ha convertido en el nuevo refugio neoyorkino de Woody Allen y sus chicos de la New Orleáns Jazz Band, un grupo formado en su mayoría por joviales ancianos que le dan a la trompeta, el contrabajo, el piano, la tuba y el banjo. En cada actuación, unos y otros exponen su repertorio de jazz clásico con algún tinte folk para una reducida audiencia que no supera las 150 personas, sentadas a mesa y mantel en un precioso salón, donde los camareros tratan al personal como si fueran ministros.
Impulsado por la adoración al hombrecillo de las gafas de pasta y dispuesto a dejarse los cuartos, siempre hay alguno, como este escribiente, que se cuela, como la semana pasada, con su cara sonriente y su paso ligero en mitad de este público propio de un guión del mismo Woody Allen. Entre pajaritas y corbatas, muchos de los comensales, con una media de edad que no baja de los sesenta años, van acompañados de bellas mujeres, que no suben de los treinta y cinco. Alguna mesa huele a chamusquina y en todas, sin duda, lo que parece que no falta es el dinero.
Pero aún con ese ambiente de relumbrón, Woody Allen es cualquier cosa menos una rock star. Es rigurosamente sencillo. Tal vez, por eso, me impactó más cuando de repente pasó desapercibido y se sentó en la mesa que estaba a mi lado. Parecía como si hubiese saltado de la pantalla. Con su jersey amarillo mostaza y sus pantalones de pana marrones, el cineasta metido a músico habla moviendo las manos e inspira una rara familiaridad. Como diría él mismo, más que una estrella lo que parece es un agujero negro.
Sobre el escenario, la banda se pone a tocar mientras Woody Allen empieza a quitarse el jersey. Sigue un método; primero un brazo, luego el otro, finalmente la prenda sale por la cabeza. A un tío abuelo que tuve le llevaba sus cuarenta segundos el deshacerse del jersey de esta forma, a Woody Allen le lleva algo más de un minuto. Ante la mirada expectante del respetable, saca unos clinex y, antes de coger el clarinete, se suena la nariz. Una acción que repetirá varias veces a lo largo del concierto.
Desde el principio, hay algo que queda claro: todo el mundo parece formar parte de la fiesta menos Woody Allen. Se muestra tremendamente tímido, sin casi mirar al público que tiene a dos palmos. Después de tocar, agacha la cabeza, que sigue el ritmo de la banda. Incluso cuando interpreta un solo y la audiencia rompe a aplaudir, su gesto es torcido con una mirada ensimismada en las partituras y desprendiendo la sensación de que algo ha salido mal. Y alguna vez, todo sea dicho, sale mal, porque el diminuto Allen está falto de pulmones aunque radia una extraña sutileza al tocar el clarinete. Si la música es el espejo del alma, Allen parece que va a romperse. El resto de la banda se lo pasa en grande, aplaudiéndose entre ellos y lanzándose risas, mientras el protagonista apenas sonríe, cabizbajo y rodeado a saber por qué pensamientos.
New Orleáns Jazz Band podrían pasar por ese grupo de amigos de avanzada edad que se reúnen a diario en una cafetería neoyorkina para charlar y meterse los unos con los otros. Igual intentan descifrar el alma humana como se cuentan sus batallitas sexuales. Con las piernas siempre cruzadas, Allen, a veces, habla al oído con alguno de sus compañeros mientras los demás siguen tocando. Cuando no da la sensación de estar confesándose a los viejos zorros, el pequeño hombre mueve la cabeza repetidamente, ajeno al jolgorio de los otros, sujetando el clarinete sobre las piernas como si fuera una cruz en procesión.
Cuando la banda abandona el escenario entre aplausos, Woody Allen se queda acompañado del banjo con el que se anima incluso a cantar débilmente. Todo llega a su fin con Allen desmontando su clarinete. El público está entregado. Vuelve a consumir al menos otro minuto en ponerse el jersey. Abandona la sala con la cabeza gacha, alisándose el poco pelo con un tímido ‘thank you'.
Sinceramente, un genio de los de toda la vida, o el típico hombre que no teme a la muerte, con la salvedad de que no le gustaría estar allí cuando suceda.

¡Enhorabuena!.
Woody Allen es un realizador en el que el humor y el drama se fusionan matizadamente. (Comment this)
Un abrazo, Tío Fer. (Comment this)
Un abrazo, Tío Fer. (Comment this)
JR Bizarro: Buen blog el suyo. Gracias por las recomendaciones. No he leído ese libro, aunque si otras biografías interesantes del señor Allen.
Rain: Ya lo creo que lo recordaré :-)
Poli: Tío Poli. Ya sabes, cuando hay que liarla, la liamos. (Comment this)