07/07/2007

Música callejera

Con el buen tiempo, Nueva York es un hervidero de estas cosas. Es imposible cansarse.  

Union Square


Sexta Avenida

alt : http://www.youtube.com/v/YZoTQVg4P6c

Times Square

alt : http://www.youtube.com/v/dlcdRsh6qMw
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30/06/2007

Gogol Bordello

El Lower East Side es todavía una mezcla de razas y credos que desprende a diario su original energía caótica y magnética, propia de su historia de remiendos. Bajo las azoteas de esos antiguos edificios de ladrillo que nunca terminan de venirse abajo, aún duermen los mismos inquilinos de alas de barro. Aquellos refugiados judíos que eran mayoría y los numerosos polacos, rusos y alemanes que les rondaban han ido a menos por el impulso acelerado del acento latino. Con lo que queda de unos y lo que traen los otros, el Lower East Side todavía evoca algo especial, manteniéndose casi incorruptible con su sonido gitano.

La quintaesencia musical del Lower East Side sólo tiene un nombre: Gogol Bordello. Esta banda, a medio camino entre el cabaret y el rock, está formada por dos rusos, uno tocando el acordeón y otro el violín; un israelí, al bajo; un estadounidense a la batería; dos tailandesas que ponen el baile y un ucraniano que dirige el cotarro a la vez que canta. Este último se llama Eugene Hutz y destaca por ser el frontman del grupo, además de por su vigoroso bigote. Su cara puede ser familiar por la película "Todo está iluminado", de Liev Schreiber, donde Hutz hace el papel del chico que guía al protagonista, Elijah Wood.

Según el propio Hutz, la música de Gogol Bordello es gipsy punk. Un sonido que, por lo que dicen sus protagonistas, se acerca al músico inmigrante, al viajero con mezcla en sus venas. De algo de esto sabe el propio Hutz que pasó varios años viajando como refugiado ucraniano por Polonia, Hungría, Austria e Italia antes de asentarse en Nueva York a principios de los noventa. Por las calles del Lower East Side, Hutz paseaba hechizado por la música gitana, el folk europeo y el reggae, pero bajo el brazo podía llevar sin problemas los discos The Stooges, una de sus bandas de cabecera. Tras liar a un grupo de desamparados como él, nació Gogol Bordello.

La banda empezó tocando en celebraciones de bodas rusas, a medida que el conglomerado intentaba dar forma a su sonido bizarro con letras que se cantaban en cuatro idiomas (inglés, español, ucraniano e italiano). Sin embargo, su reputación ganó fuerza por Hurtz. Con su bigote a cuestas, el ucraniano pinchaba música todos los jueves en uno de los locales de moda del Downtown, donde se daba salida a estilos tan dispares como flamenco, dub, reggae o rai. De vez en cuando, sonaba algo de Gogol Bordello.

Ahora, la banda es un auténtico grupo de culto en Nueva York. Su legión de fieles seguidores no falla nunca. Habla de ellos una tarde de altos humos en Tompkins Square o en mitad del fuego nocturno de Bowery y a más de uno se le iluminará la cara. Sus lazos se extienden también por Europa. Si se compara con Manu Chao y su Radio Bemba Sound System, Gogol Bordello son el pecado original, aunque, todo sea dicho, versionan temas de Mano Negra. De sus abrasivos directos ya corre una leyenda, entre el surrealismo y el desmadre. En su sonido bastardo explosionan The Clash, The Stooges, Peter Tosh o el Tom Waits más pasado de rosca con el legado gitano y folklórico europeo. Esto puede comprobarse en su mejor trabajo hasta la fecha ‘Gipsy Punks: Underdog World strike'. No hace falta decir que son políticamente incorrectos. Y todo un circo.

alt : http://www.youtube.com/v/7YElX4na_bg
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22/06/2007

Bobby's Happy House

El viejo Bobby Robinson está más sordo que una tapia y se mueve lento como una tortuga vestida de amarillo, pero merece todos los respetos. Es más: merece que le incluyan en el salón de la fama del Soul, el Rock’n’Roll o lo que sea. Para decirlo sin tapujos: Bobby Robinson es una leyenda de antesala de la música negra.

Robinson nació en Carolina del Sur pero se mudó a Nueva York a mediados de los cuarenta para abrir su tienda de discos en el corazón de Harlem. Bobby’s Happy House, antes llamada Bobby’s Record Shop, se encuentra localizada en la calle 125, esquina con Frederick Douglass Boulevard. Una tienda que sirvió como refugio y lanzadera del soul neoyorkino y que ahora se erige diminuta y estrafalaria en un Harlem que cada año es un poco menos negro y pasto de especuladores, inversores y rentistas.

 

Bobby Robinson en su tienda

Desde la profunda alma negra del Harlem de los cincuenta, Robinson vendía discos de doo-wop y blues. Pero su labor más destacable siempre fue su apoyo incondicional a la difusión de la música soul, funk y el primer hip-hop en Nueva York, cuando pocos o ninguno daban un duro por muchos artistas que querían dar a conocer su obra.

Del tiempo que va de 1952 a 1962 y respaldado por su hermano, Robinson abrió cuatro sellos independientes para producir discos de cantantes y bandas negras. Al mando de Fire Records, contó en sus filas con Elmore James o Lightnin’ Hopkins. Otros nombres que pasaron por sus manos a la producción fueron The Shirelles, Lee Dorsey o Wilbert Harrison. Y en los setenta, su sello Fury Records lanzó a Grandmaster Flash, quintaesencia del hip hop neoyorkino.

Hoy, el viejo Bobby Robinson, con sus largas uñas como garras, parece una figura de cera en mitad de la ajetreada multitud neoyorkina. Y Bobby’s Happy House, que reabrió hace unos años después de ser cerrada por problemas legales, no puede competir con Virgin Records, Barnes & Noble o la venta online. Es como pedirle al abuelo que corra tanto como el nieto deportista.

No hay nada mejor que dejarse caer por ahí una mañana de domingo cuando el viejo Bobby está vestido de traje y corbata, como manda la tradición en Harlem. La casa feliz de Bobby apenas es más grande que una panadería. Al entrar, llama especialmente la atención la colección de fotografías que posee este anciano. En un tablón acristalado con colores de otra época, Robinson aparece retratado junto a figuras tales como Fats Domino, James Brown, Smokey Robinson o Solomon Burke. De aquellos maravillosos años, para coleccionistas, hay un disco dedicado al Mr. Robinson llamado 'El fuego y la furia'.

Las estanterías no sustentan más de 100 discos en total, que se muestran con las carátulas visibles, bien separados unos de otros. Para los buscadores de oro, esta tienda queda lejos de los catálogos que ofrecen las rutas de Greenwich Village y East Village, porque Bobby’s Happy House es como el bar de la esquina: ni tiene los mejores bocatas ni los más grandes, pero da gusto tomarse algo allí.

En este caso, da gusto comprar un disco, aunque es difícil, sino imposible, consultarle al viejo Bobby. Nunca oye, y sale por la tangente. Eso sí, sabe arrimarse a las jóvenes muchachas con las que posa encantando para fotografías. Su ayudante, un tío muy jovial, está disponible para todo. Hará lo imposible por venderte el disco que buscas, dentro del escaso catálogo de la tienda. Pero escaso no es sinonino de falto de calidad. A las grandes colecciones de las mejores voces y bandas de soul, se unen auténticas joyas. De las veces que he estado en la casa del viejo Bobby Robinson, me he ido con estupendas colecciones de Bobby Womack o Solomon Burke o descubierto el soul de tintes funky del grupo Lost Generation. Me gustaría saber que artista es, para este anciano de noventa años, el mejor de los que ha conocido, pero el problema es que no oye, o directamente se hace el sordo.

Posted by Fernando Navarro at 07:11:48 | Permanent Link | Comments (3) |

15/06/2007

White Rabbits

Acaban de sacar su primer álbum y crítica y público están con ellos. No puede ser de otra forma. White Rabbits apuntan alto. Esta banda, que llegó a Nueva York procedente de Columbia, Missouri, reúne suficientes cualidades como para hacer algo importante más allá de la inquieta escena neoyorkina.

White Rabbits lo forman seis tíos que parece que se llevan de maravilla y muestran el equilibrio perfecto para hacer que el conjunto funcione como la gran banda que aspiran ser. Y, personalmente, apuesto a que podrán alcanzar algunas de sus metas, a poco que sigan la misma línea que acaban de marcar y tengan un poco de suerte.

Lo primero que hicieron estos conejos blancos cuando llegaron a Nueva York fue alquilar un loft en Bushwick, un vecindario al este de Williamsburg, Brooklyn. El enorme piso sirve de centro de operaciones de la banda. El primer suelo está repleto de instrumentos, entre ellos un piano y dos baterías, y lo preside un cartel de Hank Williams, mientras en el segundo nivel se apiñan las camas de los seis conejos.

Las influencias de White Rabbits son tan variadas que es difícil concretar una por encima de las demás, aunque se les compara con los Walkman, a mí me suenan más a The Specials o The Style Council. Ellos mismos presumen de su gusto ecléctico, porque la idea de la banda es plasmar las diferentes pasiones de sus seis miembros. Testimonio de este abanico de sonidos es su largo Fort Nightly, que recorre el post-punk americano, el indie rock de los noventa, el ska, el calypso e incluso el Afro-beat. Todo bajo dos perfiles: el festivo y el épico. Pueden llegar a hacer del garito una danza de espectros. Como anécdota apuntar que en algunos temas suenan tres baterías simultáneamente.

Los White Rabbits ahora están presentando su nuevo disco por Reino Unido, después de una pequeña gira americana. Seguro que es el comienzo de algo importante, porque apostar por ellos es garantía de salir ganando.

alt : http://www.youtube.com/v/i419E8lPgKg
Posted by Fernando Navarro at 16:30:03 | Permanent Link | Comments (0) |

11/06/2007

Jukebox

Tengo un amigo que tiene uno en su piso de Madrid, en pleno barrio de Embajadores. Me muero de la envidia. Cuando estoy en su casa, me quedo pasmado como un bobo. No puedo remediarlo.

En Nueva York es una maravilla porque casi todos los bares tienen uno. Por un dólar, cuatro canciones. Bien es cierto que cada vez triunfan más los digitales. Yo me quedo con los de la generación anterior. De cualquier manera, la variedad musical que se esconde en cada aparato de estos es siempre esplendorosa. Puedes pasarte horas buscando discos, seleccionando canciones.

El otro día en el East Village vi como una chica, después de besar a su novio, le dijo que se iba al baño y se fue en realidad a pinchar la canción que más le gustaba a su pareja. El tío brincó de un salto. Los dos iban bastante borrachos, pero hicieron del tema de los Mooney Suzuki su particular redención. Bailaron hasta quemar las suelas de las All-Star.

El jukebox merece una oda. Sin este aparato, el rock´n´roll no sería lo mismo. No sería ni tan divertido ni tan variado.

Jukebox de un bar de Brooklyn cuyo nombre no puedo acordarme
Posted by Fernando Navarro at 05:44:35 | Permanent Link | Comments (2) |